Samira Khodayar: «La tecnología no puede ser una excusa para ignorar los límites físicos del planeta»
La directora del área de Meteorología y Climatología en el Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo participa el 10 de junio en el eForum
Samira Khodayar.
Samira Khodayar es doctora en Física y Directora del área de Meteorología y Climatología en el Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (CEAM). El próximo 10 de junio, a las 9.30 horas, participará en el eForum que se celebrará en la sala Aljub de Es Baluart Museu.
¿Qué nos dice la ola de calor sin precedentes que han sufrido en pleno mayo Europa y la India?
—Algo muy claro sobre la situación que vivimos: el cambio climático no es un escenario futuro, sino nuestro contexto actual. Que tengamos episodios de calor tan extremos en pleno mayo refuerza que el aumento de las temperaturas es la manifestación principal de esta crisis global. Aunque el impacto se nota con diferente intensidad según la zona, en el Mediterráneo se confirma una tendencia robusta: la temperatura aumenta cada vez más, las olas de calor empiezan antes, duran más y afectan a una mayor superficie.
¿Y cómo nos está afectado?
—No hay que centrarse únicamente en un valor concreto del termómetro; lo que está ocurriendo es que estamos desplazando todo el sistema climático hacia condiciones más cálidas. Como consecuencia, los episodios extremos se vuelven más probables y extensos. Todo esto, más allá de la climatología, tiene impactos muy importantes en la salud, la energía, la agricultura y la disponibilidad de agua. Tenemos que adaptar la planificación a esta nueva realidad.
¿Que haga calor tan pronto significa que el mar acumulará más energía y que las lluvias torrenciales de otoño pueden ser mucho más destructivas?
—Es una cuestión que debemos explicar con mucho cuidado, porque son varios los factores que contribuyen. Un episodio de calor temprano, por sí solo, no determinará que las lluvias de otoño sean más extremas; se necesita una combinación de condiciones meteorológicas. Dicho esto, un mar más cálido sí es un factor de peso. El Mediterráneo es el motor de la climatología de nuestra región. El mar actúa como una gran reserva de calor y humedad; si termina el año muy caliente, aporta más vapor a la atmósfera y, si se dan las condiciones atmosféricas concretas, las precipitaciones son mucho más intensas. No podemos asegurar categóricamente que este otoño vaya a ser más destructivo, pero sí que un mar más cálido incrementa la probabilidad de que se produzcan estos episodios torrenciales tan característicos de la región mediterránea. En una zona que, además, está altamente urbanizada y muy expuesta, el riesgo aumenta considerablemente. Aunque el fenómeno del calentamiento sea global, el riesgo siempre es local: dependerá de dónde caiga la lluvia, de cómo esté ordenado el territorio, de la urbanización y de nuestra capacidad de anticipación. Toda esta cuestión está interconectada.
Se siguen permitiendo crecimientos urbanos en función de un aumento poblacional constante por un modelo turístico voraz ¿La carestía acabará diseñando la ciudad y el territorio?
—Me parecería tremendamente preocupante que ocurra eso, porque significará que habremos llegado tarde y de forma injusta. La escasez siempre afecta primero a los trabajadores más vulnerables y a los barrios con menos recursos. Dejar que sea la propia crisis climática la que ordene el territorio no es planificación. Los territorios turísticos como Balears deben planificar su futuro basándose en indicadores reales y climáticos. Todas las decisiones políticas y urbanísticas deben partir del conocimiento científico, vasto y consolidado, del cual ya disponemos sobre los cambios y riesgos que podemos sufrir. Seguir proyectando crecimientos como si los recursos fueran infinitos solo aumenta la vulnerabilidad futura. Necesitamos resiliencia, suficiencia y adaptación. El crecimiento debe estar supeditado a la sostenibilidad de la calidad de vida. Además, la adaptación y la resiliencia no son sinónimos de falta de desarrollo económico, aunque algunos sectores intenten hacerlo creer así.
¿Ve peligroso fiar el abastecimiento hídrico a la tecnología, como las desaladoras, ignorando las sequías?
—Si se plantea como un sustituto de la planificación, sí que es un grave problema. La tecnología no puede convertirse en una excusa para ignorar los límites físicos que ya conocemos. Las desaladoras son herramientas muy útiles en zonas costeras e insulares, pero conllevan costes energéticos, ambientales, económicos y de gestión muy altos. Insisto en esto: los cambios que sufrimos son estructurales, no coyunturales. No es una sequía pasajera, es un cambio de escenario en el que debemos aprender a vivir, y para ello la adaptación hídrica es fundamental. Esta adaptación pasa por la eficiencia, la reducción de pérdidas en las redes, la reutilización de aguas purificadas, la protección de los acuíferos, la planificación de la demanda y la diversificación de las fuentes. La tecnología debe formar parte de la estrategia, pero jamás sustituirla. El error estructural es pensar en cómo podemos desalar más para seguir creciendo exactamente igual. La sequía es un riesgo climático que lo afecta a todo.
Bruno Latour decía que la crisis climática es como el cáncer de pulmón para los fumadores: solo reaccionaremos cuando sintamos corporalmente el daño. Se equivocó: seguimos sin actuar. ¿Solo estamos a tiempo de adaptarnos?
—Estamos metidos en una inercia climática que ya es muy difícil de frenar, por lo que adaptarnos es totalmente imprescindible, pero por sí sola la adaptación no es suficiente. Si nos limitamos a adaptarnos sin reducir drásticamente las emisiones, el riesgo se seguirá intensificando hasta volverse inmanejable. Debemos adaptar las ciudades, mejorar la gestión del agua y anticiparnos a los riesgos, pero si la temperatura global sigue aumentando sin control, cada década la adaptación será más cara, más difícil y menos eficiente. Llegará un punto en el que los impactos superen nuestra capacidad de respuesta.
¿Qué hacer?
—Hay que actuar en dos frentes simultáneos que no compiten entre sí, sino que se necesitan mutuamente: la adaptación y la mitigación, reduciendo las causas del problema. La cuestión clave es cuántos años nos quedan y qué margen de reacción tenemos. En regiones especialmente vulnerables como el Mediterráneo, no podemos seguir gestionando el territorio a base de reaccionar de emergencia en emergencia cuando el desastre ya ha ocurrido. Necesitamos pasar ya a una cultura de la anticipación. Y esa respuesta debe aterrizar de forma real en el territorio.



